jueves, 29 de abril de 2010

Ensortijados de poemas azabaches

Es viernes, se siente en el aire, la multitud de personas agolpadas a los festejos y de demás expendedores de alcohol lo demuestran. Son las 4 y media de la tarde, voy montado en un autobús con dirección a mi destino, infortunio… o simplemente a mi muerte. La esperanza que me embargaba ese día, a esa hora, era sublime, me reconfortaba y me inyectaba vigor y coraje, lástima que durara tan poco.

5 de la tarde y voy llegando a mi destino, el sol es inclemente con todo aquel que se atreve a pararse en frente de él, un hombre de mirada perdida y piel cetrina me pide lumbre para un cigarro, petición a la que sin vacilar accedo, que extraño, luego de tantos años sin fumar y aun tengo la costumbre de llevar un yesquero a donde voy, creo que me hace sentir que aun no lo dejo del todo, lo que por alguna extraña razón me reconforta.

5 minutos han pasado, las cuatro cuadras a pie se me hacen interminables, ya deseo estar allí, ya deseo verla, solo por pensar en ella apuro el paso, estoy a escasos 50 metros de su trabajo, la emoción y el miedo me invaden a partes iguales, encuentros confusos entre mi coraje y me cobardía se intensifican en mi ser, cada paso que doy me aleja de mi capacidad de pensar, todos mis argumentos, teorías e hipótesis pensados exclusivamente para ser debatidos frente a ella, se pierden en un mar confusiones y miedos.

Preguntó por ella en recepción, me tratan de manera cordial, pero si ustedes me tuvieran en frente con la cara de paciente terminal debido a mi turbación de tenerla tan cerca, seguramente me hubieran tratado igual.

Esperó 3 minutos con 52 segundos en el lobby, tiempo que me parecen años interminables sabiéndola tan cerca; y justo cuando mis sentidos y mi razón no pueden más, es cuando ella llega… gastar mil páginas en ella describiendo lo dulce y lo terriblemente hermosa que se ve con su uniforme serian, aunque poco, mil páginas bien gastadas; su perfume es intoxicante, su cabello es un ensortijado de poemas azabaches y su delicado cuerpo es un abuso a la perfección.

Salimos del edificio donde trabaja, solo acierto a saludar y luego me invade un mutismo crónico que me impide completar tan siquiera una oración. Poco a poco mis sentidos se van aclimatando a la sobreexposición de estímulos perceptivos, y comienzo a balbucear oraciones con algo de sentido y a explicarle porque estoy allí, sentado frente a ella, viéndola verme de esa manera tan neutral en la que no se si quiere matarme o darme un beso.

Empiezo a explicar, comentar, dar motivos, razones, porqués, todo lo preparado semanas e incluso meses antes de este día, es vomitado con lujo de detalles, no dando lugar a dudas de que tengo razón (o por lo menos eso quiero creer) y que debemos estar juntos de nuevo, que la amo con todas las fuerzas de mi ser, que no hay día que mis pensamientos no se avoquen a ella y que me muero de tenerla en mis brazos.

Se mantiene callada mientras hablo, juguetea con su pulsera, su mirada le pertenece a la distancia y está llena de una irritante compasión, cuando termino de hablar, su mirada se posa en mi, por alguna extraña razón siento un escalofrió, empieza a hablarme lento, como para que comprenda todo a la primera y no le pida que lo repita, me dice que nuestro momento pasó, que ya no existe oportunidad entre nosotros, que simplemente ya no me ama.

Es difícil, pero si estás en un lugar con poco ruido, puedes escuchar además de sentir, como algo se va rompiendo en tu interior, al principio el dolor es simplemente irracional y devastador, cuando crees que va a terminar, que el dolor no puede ser más grande, aprendes que te equivocas, que sigues al principio; sin embargo, tapas todo el dolor con una sobredosis de orgullo, te muerdes la lengua para evitar ser más estúpido de lo que ya crees que eres al estar allí, evitas verla a la cara, aunque es sorpresivo vislumbrar una lagrima en su rostro luego de jurarme que no siente nada por mí.

Me ofrezco a acompañarla de nuevo a su trabajo, no sé porque lo hago, imagino que deseo verla todo el tiempo que sea posible, al caminar de regreso, varias personas hablan acaloradamente a nuestro lado, echándose la culpa entre ellos de algo que no logro escuchar. Se presenta un cambio en ella inexplicable, es como si la máscara que llevara puesta se cayera mientras camina, la detengo, le pregunto que le sucede, rompe a llorar, de la misma manera que me hubiera gustado hacerlo hace pocos minutos, no me dice nada.

Luego de uno segundos, me abraza y me besa, me besa de tal manera que refuta todo lo que me dijo minutos atrás, siento que vuelvo a respirar, que besarla es lo único que importa, que realmente importa, casi no escucho a las personas que peleaban a nuestro lado, aunque siento que la pelea llega a escalas mayores, siento que alguien grita como diciendo “baja el arma, no!”, escucho un disparo…

Solo quiero seguir besándola, no me importa el dolor, no me importa el liquido caliente que recorre mi espalda, lamento no poder quedarme en pie a besarla, caigo al piso, veo su rostro, está asustada, me sonrió, le digo que no se preocupe por mí, que no volveré a molestarla, me dice que soy un idiota, se ríe, dice que ella es una tonta al intentar ocultarme lo que realmente sentía, que me ama, que nunca dejó de amarme; esas palabras sonaron hermosas a mis oídos, tan sublimes tan perfectas.

Me vi con ella, casados, juntos, felices, en una hermosa casa, con dos hermosos hijos, la vida solo sería más perfecta que eso, si durara para siempre, lástima que solo duró lo que duró ese sueño, lástima que perdí demasiada sangre en el camino al hospital, lástima que solo había médicos residentes, lástima que no había insumos, lástima que la vida me duró lo suficiente para rectificar, pero no para disfrutar los frutos de esa rectificación. Solo espero que la mujer de mi vida viva tan feliz como me encontraba yo, al momento de morir.